Diálogo con Cervantes

el

Cae el atardecer en los campos manchegos. El olor a tomillo y el aire fresco se mezclan en nuestros pulmones. Cervantes y yo caminamos en pos de don Quijote, que salió de su casa hará una media hora, llevando por escudero a Sancho Panza. No sabemos qué le sucedió en su primera salida, de donde regresó astillado y abatido. Ahora va, como hemos dicho, en compañía de Sancho Panza, un campechano que no está loco, y que va con él soñando una Ínsula donde pueda desarrollar sus capacidades de hombre inteligente.

Ya le damos alcance. Nos situamos detrás, a unos metros de distancia, sin ser vistos. Oímos la conversación que sostiene con Sancho. No nos interesa. Cervantes y yo conversamos también.

Yo.— He aquí los dos notables que buscábamos.

Cervantes.— Sí, mis notables.

Cervantes y yo entablamos conversaciones animadísimas, siempre matizadas por una lucha de épocas. Hago que mire a la llanura. En ella, don Quijote arremete furioso a unos gigantes. Cervantes, al verlo, se pasa la mano por los ojos, como para asegurarse de que éstos le transmiten la imagen exacta.

— Oye —me espeta Cervantes boquiabierto—, yo veo gigantes. ¿Estaré yo también loco como mi Don Quijote?

—¡Claro, hombre, claro! Ahora estás loco. Loco de locura quijotesca.

Cervantes, no obstante, sigue frotándose los ojos con las manos. No lo quiere creer. Pero él ve gigantes. La realidad es que ve gigantes.

—¿Oyes lo que vocea el estúpido de Sancho?

—Sí, le dice a nuestro hidalgo que se detenga, pues no hay tales gigantes sino molinos de viento.

—¡Pobre ingenuo, pobre loco! ¿Por qué ve, por ventura, molinos donde hay gigantes?

—Tú mismo te has respondido: porque está loco.

—¡Ah! ¿Pero acaso está loco Sancho?

No respondo; no aún. Cervantes parece dubitativo. Yo mantengo fija la mirada en el horizonte. Al fin exclama:

—¡Quien ve molinos donde hay gigantes, bien debe estarlo!

En esto, vemos que vemos a Don Quijote rodar por el suelo. Cervantes se tambalea, y para evitar desplomarse en el suelo, se ase a mi brazo.

—Vencieron los titanes—balbucea—. Han matado a Don Quijote.

—Éso es imposible. Don Quijote no puede morir más que a manos de sí mismo. Sólo en el momento en que Don Quijote consuma por completo a Alonso Quijano, la materia física, su cuerpo caerá extendido, helado y muerto.

Tras unos segundos de confusión, Cervantes logra rehacerse y andamos hacia ellos. Todavía no creemos de que aquello fueran molinos. Pero nos rendimos a la evidencia. Sentimos la vista borrosa, y cerramos los ojos. Al abrirlos, tocamos las piedras encaladas con la mano. Y una desencantada tristeza se adueña de nuestros labios.

—Son molinos.

—Son, mas no eran—digo yo—. ¿Crees todavía que aquel que vimos era tu Don Quijote?

— Así es. Pero nunca le creí capaz de volvernos locos a nosotros.

— ¡Jamás, jamás! Aquel, amigo Cervantes, es otro Quijote. Tiene cuatro siglos más que tú, y ha adquirido tal fuerza que a su lado eres una insignificancia. Cada vez pareces más pequeño porque Don Quijote es cada vez más grande. Y no es hoy grande porque lo concibieras tú como a un hijo. Bien es distinto engendrar a un hijo a crear una personalidad. Si el hijo se hace personalidad,  fue por su propio esfuerzo; y tú, Cervantes, solamente concebiste un hijo, no una personalidad.

Cervantes se queda pensativo y digiere con mal gusto mis palabras. Pronto le haré ver el fondo genial que aletea en su inmenso libro.

—No te entiendo. No centré mis esfuerzos en hacer de don Quijote una cosa única. Solamente quise criticar las costumbres malsanas que se cuentan en los libros de caballerías para que las gentes se olvidaran de ellos. Quise reflejar las locuras a que inducen en el personaje ridículo que las asume todas, en don Quijote.

—Hallo error en tus palabras, amigo Cervantes…

—Aun así —me interrumpe—, ¿por ventura tomáis en serio al Quijote?

—¡Por supuesto! Consideramos tu libro el más grande que se ha escrito, el Gran Libro.

—Pecado parece. Si es por honrarme a mi, bien podríais haber elegido el Persiles, que está mucho mejor y pondría mi nombre a una altura mucho más apreciable.

—¡En qué error vives! A ese tal Persiles no le guardamos consideración alguna. Y en cuanto a la gloria de que rodeamos al Quijote, no nos creas tan cándidos como para atribuírtela a ti entera.

Mi interlocutor parece aún más desconcertado. No entiende nada

—Me explico. Nos hallamos enfrente de una grandísima intimidad. Don Quijote no es un loco cualquiera, siquiera es loco. La cosa discurre bien distinta, por otro lado. Don Quijote es capaz de crear una realidad propia; una inmensa intimidad entre cuyos márgenes se mueve.

Cervantes frunce el ceño. Le veo muy extrañado, pero me escucha atentamente.

—Don Quijote, sin embargo, no se da cuenta de que él no es como los demás. Se cree, reconozcámoslo, distinto al resto de hombres, pero las diferencias que admite son sólo de jerarquía de conocimientos. Y no es éso, en absoluto: Don Quijote es otra cosa que un grande hombre. Su mundo no es nuestro mundo. Es el superhombre. Y aquí reside el error y el estrepitoso fracaso quijotescos. Su vida entre mortales es una farsa, una quimera, una fantasía. Don Quijote no se cree único en el mundo, sino que obra creyendo tratar con semejantes, tal y como hizo con los gigantes. Mas la verdad es que él posee una realidad poderosísima en su interior. Una realidad que no es aplicable, que jamás podrá ser aplicable a nuestro mundo. Porque el quijotismo de Don Quijote no puede ser sino locura para nosotros.  Él, espíritu elevado a la máxima esfera, es inmortal. Él hizo de una intimidad, de la suya, todo un mundo nuevo. ¡Él es la gran personalidad que no puede morir nunca!

Cervantes me escucha intrigado y contrariado, como un hijo escucha a su padre. Ahora entiende aquello que decía cuando comparaba su talla menguante con el inmenso tamaño de la figura que él hubo creado. Prosigo:

—Tu hijo, Don Quijote, nos muestra cosas inalcanzables. Todo hombre es depositario de una fuerza, mas pocos son capaces de extractar toda la potencia vital que en ella hay. Don Quijote se mueve en nuestra mezquina realidad soñando, tiene deseos muy elevadas. Don Quijote, que en realidad pulula por los terrenos del espíritu, vive en sí mismo y se nutre de sí mismo. Es plenitud de plenitudes. Se mueve orientado por un impulso de realización. Ésa es su brújula: libre de bridas, de limitaciones. Sus pasos por el mundo son una siembra única.

—Pero…

—No, amigo, déjame acabar. Don Quijote no quiso nunca evadirse de esta realidad como tantos otros metafísicos han intentado, si no que supo abstraerse y construir su propia realidad paralela, desde la cual observaba el desarrollo de la realidad terrenal y en la cual habitaba; vivió a caballo entre nosotros y fuera de nuestra realidad. Un ejemplo también notable y similar al de nuestro Quijote es Salvador Dalí, a quien ni tú ni yo tendremos oportunidad de conocer algún día.

Cervantes, mudo, no sabe qué responder.

—Hay que poseer, claro, las perspectivas adecuadas para gozarse de la visión de todo esto. Don Quijote es cosa única, y le observamos porque nos hemos percatado de su genialidad. ¡Es ésa, y no otra, la grandeza de tu Quijote, amigo Cervantes! ¡Es éste el fondo más sustantivo de su genialidad! ¡Es ésa la razón por que, cuatrocientos años después, sigue estando en boca de todos!

Don Miguel de Cervantes, absorto, no sabe hace siquiera la más mínima mueca. Yo me limpio el sudor de la frente: han acabado todas mis energías. El cielo se tinta de rojo, y tras unos minutos de grave silencio, el escritor murmura:

—En verdad creo que vos estáis más loco que él.

—Quizá, quizá…

Y Cervantes marchó. Y yo lo despedí con el pañuelo.

Sirvan estas palabras para dar un nuevo enfoque a futuras lecturas del Gran Libro.

En el cuadringentésimo aniversario

del fallecimiento de

Don Miguel de Cervantes Saavedra

Diego Ayllón

 

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