Reflexiones sobre la Trascendencia y la Modernidad

trascendencia
El caminante sobre el mar de nubes, cuadro romántico del pintor alemán Cáspar David Friedrich, año 1818

René Guénon decía muy acertadamente que Occidente, entendido como un un complejo civilizatorio que abarca Europa y todos aquellos territorios más o menos asimilados por la cultura europea, especialmente a través de la herencia colonial, padecía de un problema fundamental a nivel de conciencia, del cual derivaría toda la incomprensión que los occidentales habrían mostrado históricamente respecto a Oriente, el gran espacio de civilización, culturas y doctrinas metafísicas que, tanto a nivel simbólico como doctrinal, serían el soporte espiritual de aquello que en el mundo moderno todavía podría entenderse como Tradición.

No le faltaba razón al hablar en estos términos de lo que él denominaba Occidente, concepto que a mí, personalmente, no me gusta demasiado, pero que dentro de los parámetros interpretativos e ideológicos del autor francés cobran todo el sentido. Porque la Europa de los mercaderes, la Europa decadente de los antivalores liberal-capitalistas, abarca un espacio que trasciende los límites continentales de Europa y, en la actualidad, su extensión es planetaria. Y respecto a la incomprensión de otras realidades diferentes a aquellas del orden material e individualista es más que evidente. Las formas de espiritualidad, no ya aquellas más sofisticadas de orden esotérico o metafísico, que se mueven en un plano más trascendental, sino aquellas puramente religiosas, que están más determinadas por las creencias populares, más exotéricas, se han visto notablemente erosionadas en las últimas décadas.

La incomprensión de la dimensión trascendente del hombre, algo que existe por más que se impongan los intereses materiales o prime el individualismo disgregante del homo economicus, esa especie de hombre moderno determinado por un materialismo de orden económico a razón de la cosmovisión capitalista; aquella dimensión de lo suprasensible permanece viva en el hombre; es una potencia susceptible de convertirse en acto sin mediaciones materiales, como diría el Evola de la época más idealista, durante su etapa filosófica, y como tal siempre es susceptible de ser desarrollada y operar cambios profundos en la naturaleza del hombre, así como en el conjunto del orden civilizatorio donde se manifiesten.

Por eso conviene siempre insistir en esa dimensión de lo trascendente y las posibilidades que representa. La propia lucha metapolítica implica que para conseguir cambios profundos, de verdadero calado revolucionario, es necesario primero, y ante todo, operar cambios en las conciencias y en la naturaleza de las personas, y a partir de ahí se pueden transformar las estructuras materiales y promover la implantación de nuevas concepciones políticas, sociales o de cualquier otro tipo.

De todos modos ese contraste entre un Oriente entendido como el depositario fundamental de los valores tradicionales y trascendentales del hombre en la actualidad no deja de ser una quimera, dado que tanto Oriente como Occidente se han desacralizado en gran medida, han cedido a las exigencias materiales de la Modernidad, ya sea a través de las conocidas revoluciones burguesas europeas, comenzando por la más paradigmática y fundamental, la que da arranque a la Modernidad como tal, que sería la francesa de 1789, con todos sus desarrollos posteriores, como el Oriente, tanto el extremo como aquel más próximo, donde pese a pervivir formas de tradicionalidad más pura —o menos contaminada, según la perspectiva—, estos territorios también se han visto presionados en la asunción del paradigma liberal-capitalista, que en sus dimensiones globalizantes y totalizadoras erige su modelo de civilización como el único válido, frente al cual cualquier otro tipo de cosmovisión no tiene validez alguna. Hablamos de la civilización de los «derechos humanos», o más bien deberíamos hablar del derecho-humanismo armado, en la que cualquier atisbo de Tradición, y con ésta de valores firmes y bien asentados, fruto del poso, más o menos prolongado en el tiempo, de formas, ideas, estructuras, doctrinas y, en definitiva, de formas de entender el mundo más allá de ese materialismo que ignora todo aquello que no sea fruto del puro devenir, del pragmatismo, del interés particular, económico o no, pero siempre profano y pasajero.

Reivindicar la Civilización del Ser, de los valores Trascendentes y Heroicos, significa reconocer ese valor de lo suprasensible, de lo que nos pone en conexión con algo más elevado, más allá del aquí y ahora, y nos proyecta hacia una dimensión más allá de la linealidad del tiempo y el espacio, y que nos conecta, a través de nuestras raíces e identidad, con el plano celeste, con la dimensión de lo Absoluto. No se trata esta de una reflexión puramente metafísica, en el mal sentido y la errónea acepción que a día de hoy se le da al término, sino de una realidad palmaria, que es perfectamente real, que se puede experimentar y es perceptible. No existe otra vía ni otro camino que aquel de la conexión con valores integrales, orgánicos y tradicionales, que aunque perviven como una realidad fragmentaria a día de hoy, por las destrucciones sucesivas a las que nos hemos visto sometidos, permanecen ahí, pues la Tradición y sus símbolos, y con ella sus manifestaciones trascendentales, no se pueden ubicar en un espacio y un tiempo concreto, y eso pese a que el hombre moderno haya abandonado sus preceptos más fundamentales. La Tradición como tal se haya nutrida y vertebrada por esa misma cualidad de lo eterno de la que goza ese principio de lo Absoluto, y como tal, pese a que sea abandonada siempre es recuperable; y es posible, aunque sea a través de distintos soportes, recuperar el sentido que tenía para las sociedades tradicionales, o para el hombre primigenio.

Lo fundamental, ya para terminar esta breve reflexión, es tomar la defensa de los valores de lo Trascendente, a través de sus múltiples y variadas manifestaciones, como auténtico caballo de batalla frente a los excesos de la Modernidad, que actualmente tiene como mayor sustento y artífice de todas sus acciones destructivas, el liberal-capitalismo, el cual, mediante su voluntad de uniformización, atomización y reducción a un estándar único, profano, material y totalmente horizontal del plano de la existencia humana, tanto a nivel individual como colectivo, pretende reducir a la «humanidad» a un melting pot global, sin rostro y totalmente inerte desde el punto de vista espiritual.

Ángel Fernández Fernández

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