Sobre Rousseau, el Estado de Derecho y las leyes

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La ejecución de Luis XVI de Francia, de Charles Monnet

Podríamos hundirnos en contundentes críticas a la Justicia belga dada la puesta en libertad del islamista, pero ¿para qué? Nada cabe esperar de una opinión pública idiotizada. Está escrito: «El que quiera entender, que entienda».

Una vez más, tiemblan los cimientos del Estado de Derecho. No sólo a nivel belga, sino europeo. Los apologistas de la religión de la democracia han llenado sus fauces con tan ligeras y vacuas palabras por tres siglos. Hoy, el aparato jurídico de la democracia liberal se cae sobre sus cabezas… Una vez más.

Los sostenedores ideológicos de las «democracias» occidentales —viciosos seguidores de Juan Jacobo Rousseau— afirman con las vergüenzas a flor de piel que el Estado de Derecho es el imperio de la Ley. Decía Juan Manuel de Prada que «las palabras elevadas son generalmente utilizadas por aquellos que quieren hacer gárgaras con ellas; son términos que han sido vaciados de significado por completo, términos que se arrojan a la gente como cuando al ganado se le echa pienso para que los consuman y vivan tranquilos […]».

A la masa liberaloide hemos de recordarle una cosa: la ley es tan sólo una sentencia sobre el papel. La leyes proclaman un derecho o una obligación, mas no garantizan su propio cumplimiento. Ellas se esmeran únicamente en declarar derechos, pero el cuidado de la ejecución lo dejan en exclusivamente al individuo impotente. Evitando entrar en graves disquisiciones filosóficas y jurídicas, sentenciamos: el Estado de Derecho es una farsa. A los hechos nos remitimos.

Estado de Derecho es permitir que etarras, pederastas, violadores y asesinos en serie se vean librados, de la noche a la mañana, de sus condenas. Estado de Derecho es permitir que un terrorista implicado en el asesinato de más de treinta civiles salga inmune de la cárcel por «falta de pruebas», pese a que la policía haya insistido mil y una veces en su culpabilidad. Estado de Derecho es sorna, burla a las víctimas; es el amparamiento del criminal sobre la víctima. Es, en suma, una palabra vacua impresa sobre un papel inútil. ¡Es una farsa!

La ejecución de la ley se ve garantizada por una Autoridad fuerte: ése es el verdadero y único imperativo categórico. Quieran admitirlo los señores demócratas o no. ¡Al traste con sus sistemas! Pues bien, ¿qué le importa la legalidad a un hombre que va a sacrificar su vida por principios suprahumanos?

Escribía un gran antilumière al comienzo de un gran libro: «Últimamente se escucha mucho eso de que el pueblo es soberano. Pero ¿soberano de quién?, me pregunto. En apariencia, soberano de sí mismo, y por consiguiente súbdito. Lo más seguro es que haya aquí algún equívoco, si no un error, dado que el pueblo que gobierna no es el pueblo que obedece. Así pues, nos basta con enunciar la proposición el pueblo es soberano para darnos cuenta de que requiere algún comentario.

»Y el comentario no se hará esperar, al menos en el sistema francés. Se dirá que el pueblo ejerce su soberanía a través de sus Representantes. Y entonces uno comienza a entender: el pueblo es un soberano que no puede ejercer la soberanía».

¡Pobre Rousseau! ¡A él debieron cortarle la cabeza!

Diego Ayllón

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