Reflexiones sobre la I República

La Primera República española fue un estrepitoso fracaso político. En tan sólo once meses se sucedieron cuatro presidentes diferentes, y un regente — el general Serrano— que gobernó manu militari. Hubo, además, un golpe de Estado —general Pavía— y un pronunciamiento militar —general Martínez Campos—, que pusieron fin a la primera intentona republicana española.

Sugerente y esclarecedora es la famosa frase de su primer presidente, Estanislao Figueras: «Señores, voy a serles sincero: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!».

Hay historiadores que afirman que su fracaso hundía las raíces en que aquello fue una «república sin republicanos». Es cierto que su proclamación fue abrupta y forzada; pero afirmar que carecía de partidarios que la defendieran fielmente es hacer apología de la mentira.

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Caricatura política de la revista La Flaca, del 3 de marzo de 1873, sobre la pugna entre los republicanos “unitarios” y los federalistas

En realidad, la cuestión radicaba en las fuertes discrepancias entre los republicanos federalistas y unitarios. Creemos que aquí existe una confusión terminológica evidente: toda república bien constituida es unitaria en el sentido en que tanto las políticas sociales y exteriores son comunes, y en que no contempla en absoluto su disolución —lo contrario sería empujarse al suicidio—. O lo que es lo mismo, un sistema federal es de por sí unitario. Entonces los «unitarios» no eran tal, sino en verdad centralistas afrancesados al uso.

En una palabra, los republicanos unitarios no eran sino aún peores que los moderados. Querían emular literalmente la obra política liberal francesa: una república aburguesada de corte conservador. Vendrían a representar las trabas de la derecha reaccionaria. Rancios liberales, nada más que éso. Por su parte, los federalistas, mayoría dentro del republicanismo de la que después hablaremos, era «prohombres adelantados a su tiempo».

Por su lado, la férrea oposición de los alfonsinos y las trabas puestas al gobierno durante la I República española son prueba de que la existencia de partidos y la pugna entre ellos es incompatible con la creación de una Totalidad, en concreto la Totalidad que anhelamos construir.

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La actuación de Figueras fue discreta pero acertada: abolió el sistema de reclutamiento por medio de quintas y convocó elecciones a Cortes Constituyentes. Después se hastió de la situación, pero eso es ya otra historia.

Pi i Margall, por su parte, fue uno de los más ambiciosos y bienintencionados presidentes que ha tenido jamás España. Un valiente intelectual. Bajo nuestra óptica, su proyecto de Constitución federal es tan sólo el preludio de lo que España lleva pidiendo a gritos siglos: el reconocimiento de su diversidad y el rechazo frontal y tajante del centralismo burgués importado de Francia. Desde la llegada de Felipe V y los antihispánicos Decretos de Nueva Planta hasta nuestros días: es la peste negra que asola la nación. Si bien se mira, Margall es el preludio que marca el advenimiento de movimientos como el catalanismo hispánico: es la continuación metamorfoseada de las aspiraciones territoriales carlistas, un puente entre éste y la correcta división administrativa de Las Españas.

Cuando uno procede a la lectura de la Constitución innata del ’73, da por seguro que Margall jamás pretendió la disgregación patria en diminutos cantones autogestionados. El fenómeno del cantonalismo, que —confieso— no he estudiado en profundidad, se dio en zonas del Levante y Andalucía, toda vez que dichas regiones venían arrastrando desde principios del s. XIX y hasta finales del XX las fortísimas convulsiones de la enfermedad caciquil y del incipiente movimiento anarquista. O dicho de otra manera: el fenómeno del caciquismo no fue, en nuestra opinión, una aspiración popular, sino la confusión derivada de la imposible complementación del caciquismo y los postulados autogestionarios del anarquismo primitivo.

Escaramuzas de algún que otro alcalde aguerrido de mente aparte, a Pi i Margall le faltó aquello que tanto le pesaba a Figueras: cojones. Ya hemos escrito que Margall fue un valiente intelectual que se lanzó a por un proyecto novedoso y renovador, con una audacia y un coraje pasmosos. Mas le faltó determinación. Fanática determinación en su empeño. Aquel que repare en dudas y cavilaciones a la hora de garantizar la unidad patria —de nuevo, manu militari si necesario—, es débil. Y ya lo dijo Nietszche: «¿Qué es malo? – Todo lo que procede de la debilidad». Un hombre de Estado débil, ni es hombre ni es jefe de Estado.

La actuación del tercer presidente Nicolás Salmerón raya la anécdota. Y de la de Emilio Castelar —se deduce—, mejor ni hablar. Basta con decir que tuvo lo que le faltó a Margall: coraje. Metió al Ejército en el último reducto separatista, el cantón cartaginés —debieron azuzarles el rostro a los caciques de la comarca ciertos aires del levante fenicio— y destrozó la ridícula intentona secesionista. Pero, de nuevo, al igual que sus enemigos de complejos tribales, fue un republicano que erró en la lectura de la idea de República. A los párrafos anteriores me remito.

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En el contexto de una Europa aburguesada, restauracionista, conservadora y fatídicamente influenciada por el centralismo liberaloide, hemos de tener en cuenta que la república era el último grito; una novedad histórica como forma de organización político-administrativa. Súmele a este hecho, además, haber asumido los postulados del novísimo federalismo: la I República era casi una «aberración ideológica»; una entidad revolucionaria en toda regla.

España se sumió en la anarquía más absoluta, desatándose simultáneamente tres guerras civiles: la Tercera Guerra Carlista, la guerra en Cuba y las insurrecciones cantonalistas. Si se hace una crítica política al sistema republicano federalista, el vacío fundamental fue carecer de una fuerte Autoridad central. Por Autoridad central no se debe entender necesariamente Estado centralizado. Se pueden ceder —y nosotros lo exigimos— las competencias fiscales y administrativas a las partes conformantes de la Totalidad a cambio de una amplia retribución porcentual con respecto a lo recaudado, mas es imprescindible la existencia y el ejercicio pleno del Poder.

La ambición era clara, y el objetivo estaba bien marcado. Sin embargo, los procedimientos fueron equivocados desde el primer momento. La I República no fue una «república sin republicanos»; ella es la gran incomprendida de la historia patria; el actor político en potencia que los españoles necesitamos y no sabemos construir. Ni los cantonalistas supieron hacer una lectura adecuada del nuevo sistema ni los republicanos supieron implantarlo. Es la solución de la que tanto precisamos y que tan tercamente nos empeñamos en escorar bien al abismo del fracaso, bien al precipicio del olvido.

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La I República, un lugar donde mirar de cara a nuevas propuestas políticas; mi sugerencia: avanzar hacia estructuras federalistas genuinamente hispánicas y compatibilizarlas con la existencia de un Estado central vigoroso y bien departamentalizado.

¡Viva la República!

Diego Ayllón

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