La coyuntura política española

 

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Caricatura de Demócrito, pseudónimo de Eduardo Sojo, publicado en El Motín, un semanario satírico español de los s. XIX y XX, en la que se critica el turnismo entre los partidos de Cánovas del Castillo y Práxedes de Sagasta

La vida política nacional se encuentra en una coyuntura crucial, quizá la más importante desde que se instaurara el régimen del ’76. Tras las pasadas elecciones, en las que ningún partido consiguió siquiera rebasar la mayoría simple, fragmentando así la composición bipartidista del Parlamento, nadie ha conseguido formar aún gobierno.

 

Desde Debate Prensa no pretendemos en absoluto escribir una de tantas editoriales que pululan por los medios generalistas y afines al régimen constitucional, sino hacer un breve análisis crítico de la situación.

El sistema bipartidista que surgió tras la caída de U.C.D. y prolongó su corrupta existencia por 25 años se asemejaba en gran medida al sistema de turno de la Restauración borbónica, que bien existía para garantizar la estabilidad política de España y así evitar que se repitiera la trágica andadura política del siglo XIX. Las analogías con el sistema de alternancia son evidentes.

Sobra decir que dicho sistema ha colapsado. Mas, ¿qué opciones quedan? Es necesario hoy más que nunca avivar el espíritu crítico y escrutar las alternativas que la «democracia liberal» nos ofrece.

Por un lado tenemos al Partido Popular, una putrefacta amalgama de burgueses corruptos cuyo primer mandatario es aún presidente en funciones. Mariano Rajoy no es el clásico gallego — sin ánimo de ofender a nadie—, es el clásico bobo; un hombre insulso, insípido, apático, impasible e inexpresivo. Nada vale un supuesto talento político oculto si el Presidente no sabe —o no quiere— trasmitir ni liderar. Resulta aún así sorprendente cómo siete millones de españoles han votado por esta opción, y más sabiendo que todo el Gobierno popular figura casi al completo en los papeles de Luis Bárcenas.

De su mano camina Ciudadanos, que pudo ser la gran revelación política en las pasadas elecciones y quedó en nada. El nuevo P.P. regenerado en la figura de un joven Albert Rivera ha querido precisamente lavar la cara a sus socios azules de la inextinguible mancha de la corrupción. En vano ha sido el intento de la derechona liberaloide por prolongarse en el poder. Y nosotros lo celebramos con una perversa mueca en la cara.

En el otro bando tenemos al P.SO.E., segundo partido más votado. Resulta curioso y triste a la vez repasar los escritos de Pablo Iglesias —el primero, el de verdad—, cargados de tintes revolucionarios, anticlericales y loables exhortaciones a la socialización, y compararlos con los sórdidos discursos de sus dirigentes actuales. Un Partido Socialista Obrero Español que no es ni socialista ni obrero ni español. No es socialista porque tiempo ha que se prostituyó a la socialdemocracia —vale decir, al liberalismo—; no es obrero porque entre sus votantes se cuenta la más vomitiva calaña de la pijoprogresía, semiburgueses acomplejados que aún persisten en el fallido intento de negar su posición social; y tampoco español, pues lo mismo vale en Ferraz dar mítines delante de una gigantesca rojigualda que regalar — literalmente— escaños, y con ello votos —esto es, votantes— a los independentistas en el Senado. «¡Democracia!», berrea el ignorante. Ésta es vuestra democracia. Fíjese el lector cuán desastrosa fue la gestión de Zapatero que ni España ni su partido dan el mínimo atisbo de levantar el gesto desde entonces. Y a la cabeza, el capitán Snchz.

Pedro es un político blando, bizcochable, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón: de ahí el interés de Podemos y P.N.V. por envestirlo Presidente del Gobierno. Su debilidad parlamentaria, y por ello política, será aprovechada en el momento adecuado por los independentistas vascos para conseguir más exenciones fiscales de las que ya gozan, además del lucrativo sistema de pensiones autonómico. Cara bonita y planta varonil; tan vacuo por dentro como tus palabras. Eres todo imagen, Pedro, una máscara.

Y aferrado a sus ubres como el bebé de Bescansa, la gran estrella en este desolador firmamento: Podemos. La arrogancia hecha coleta; la prepotencia vivificada hasta el paroxismo y materializada en una locuaz labia. Primero intentaron formar cuatro grupos parlamentarios para tener cuatro turnos de palabra en cada sesión y gozarse de los fondos públicos asignados en función de los grupos que entren en la Cámara baja; ahora, entre rastas, piojos y pezones públicos, se han asignado los ministerios de Economía, Asuntos Exteriores, Interior, Justicia y Defensa, además de un nuevo tumor administrativo llamado «Ministerio de Plurinacionalidad». Ya lo dijo Antonio Gª-Trevijano: «Es muy triste que el porllegar de España sea lo que ya estáis viendo: la indignidad absoluta». Y es que aquellos que se revisten con ropajes de dignidad y pueblo, aquellos que se llenan la boca con tan pomposas palabras son, en efecto, la indignidad personificada. No hay más que ver a los portavoces de los ayuntamientos de Madrid y Barcelona. Es una casta bajouniversitaria llamada a sustituir a la anterior: repartiendo butacas y despachos antes incluso de alzarse con el poder. Una casta de jóvenes neomarxistas que exhalan el peor hedor a guerracivilismo fratricida, muy propio del odio de clases.

Por último, entre los grupos parlamentarios residuales se cuentan Izquierda Unida, o los últimos rescoldos moribundos de una gran coalición que no es comunista ni marxista —por ser, ya no es nada—, y las agrupaciones que no quieren si no romper primero aquellas sus patrias locales, que tan fuerte dicen amar, para destrozar después el bimilenario vínculo hispánico.

De la misma manera que uno ha de reprimir las conductas autolesivas y suicidas, el Estado debe prohibir que dichos partidos se presenten a las elecciones generales del país que pretenden destrozar. Se llama sentido común. Y aún más cuando al frente de este pelotón de indecentes se encuentra un canalla de estrambótico corte de pelo que se hizo pasar por periodista y filólogo licenciado. ¡Un mentiroso! ¡Un inútil! ¡Un truhán que se ha reído de los catalanes! ¡Un burgués heredero de un govern corruptísimo! ¡Uno de tantos embusteros! ¡Un infeliz y rancio derechón sin seny que fue para más inri aupado en su cargo por otros canallas aún más descarados, por los «anticapitalistas» de la C.U.P.!

Uno no puede más que sumir el corazón en la tristeza más profunda al ver nuestra España invertebrada. La situación se asemeja, por desgracia y a pasos ciclópeos, a los años previos a la última vorágine guerracivilista que vivió nuestro país.

Se ha dicho en multitud de ocasiones que los partidos solamente sirven para dividir a la nación y enfrentar a sus hijos entre sí. Refrendadores de la Constitución del ’76: ésto es lo que votasteis. Necios fuisteis y necios seréis quienes piensen que con cualquiera de los partidos políticos actuales sobrevendrá el cambio que España tanto precisa.

Diego Ayllón

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