La naturaleza de las civilizaciones

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A continuación reproducimos el tercer capítulo del ensayo Choque de civilizaciones, escrito por el politólogo norteamericano Samuel P. Huntington para desarrollar una postura a la cual la línea editorial de esta publicación no se adscribe en absoluto.

Nosotros creemos que la convivencia entre dos o más civilizaciones en un espacio y su consiguiente mezcla es dañina, puesto que de ésta se derivan, primeramente, conflictos interpoblacionales, y en segundo término, porque resulta inevitablemente en su disolución, como si de un azucarillo en una taza de café se tratara. Creemos que una civilización es más civilización, es más esencial, más plena y libre y propicia a un mejor desarrollo en tanto que más dueña de sí misma. Proclamamos el derecho a la diferencia como principio fundacional de la variedad, que no es sino el origen de la riqueza, sin tener que renunciar por ello a la necesaria cooperación entre civilizaciones.

Consideramos, no obstante, que éstas páginas son útiles para la mejor comprensión del término civilización y para el renacer de nuestra identificación con «lo europeo», que tan dañada se ha visto a causa del ciclópeo despliegue del la moderna cultura del desarraigo en los países del Viejo Continente. Precisamente reconocemos que el gran mérito de Huntington es creer en la existencia de civilizaciones, signo inequívoco de valentía y arrojo, «en especial en tiempos actuales, cuando van aumentando los espíritus posmodernos y súperevolucionados que ponen en duda […] la existencia de civilizaciones, pareciéndoles objetos inconsistentes, artificiales, indefinibles, y por éso las niegan».

No por ello dejamos de advertir que es ésta postura de «choque de civilizaciones» es la estrategia de la que se sirve hoy día el Nuevo Orden para justificar sus políticas internacionales a lo largo y ancho del continente asiático. Azuzar dicho choque –que tiene a ojos del autor dos actores principales: Occidente y el Islam– sirve para camuflar detrás del atrezzo de la defensa de «lo nuestro» intereses de índole política, económica y geoestratégica; y nunca motivos culturales, como se quiere hacernos creer. Verbi gratia: es en Siria donde se está librando una encarnizada lucha entre la civilización y la barbarie; una barbarie apoyada y financiada a instancias de los estados occidentales para alzarse contra una civilización por ser «poco democrática». Se trata de aquéllo que muchos hemos llamado imposición de libertad.

«Durante la guerra fría, el mundo se dividió en tres sectores: el Primero, el Segundo y el Tercer Mundo. Esas divisiones no son ya relevantes. Ahora tiene mucho más sentido agrupar a sus países no en términos de sus sistemas políticos o económicos, sino más bien en términos de su cultura y civilización.

»¿Qué queremos decir cuando hablamos de una civilización?

»Una civilización es una entidad cultural. Ciudades, regiones, grupos étnicos, nacionalidades, grupos religiosos, son entidades que tienen distintas culturas a diferentes niveles de heterogeneidad cultural. La cultura de una ciudad del sur de Italia puede ser distinta de la de una ciudad de la Italia del norte, pero ambas tendrán en común una cultura italiana que las distingue de las ciudades alemanas. Las comunidades europeas compartirán, a su vez, rasgos culturales que las diferencien de las comunidades árabes o chinas. Pero árabes, chinos y occidentales no son ya, parte de una entidad cultural más amplia [el manoseado concepto de «humanidad»]. Constituyen civilizaciones. Una civilización es, pues, la más elevada agrupación cultural de gentes y el más amplio nivel de identidad cultural que poseen los pueblos y que es, en suma, lo que distingue a los hombres de las demás especies. Una civilización se deja definir por elementos objetivos comunes, como son el lenguaje, la historia, la religión, las costumbres y las instituciones, y también a su vez por la identificación subjetiva de un pueblo.

»La identidad cultural de la gente tiene varios niveles: un residente en Roma puede autodefinirse según diferentes grados de intensidad, como romano, italiano, católico, cristiano, europeo y occidental. La civilización a la que pertenece es el nivel más amplio de identificación al que él se adscribe de todo corazón. Los pueblos y las gentes pueden redefinir y de hecho redefinen sus propias identidades, a resueltas de lo cual cambian la composición y las líneas fronterizas de las civilizaciones.

»Las civilizaciones pueden involucrar a un gran número de gentes, como sucede en China —«una civilización que pretende ser un Estado», en frase de Lucian Pye—, o a un número muy reducido, como ocurre en el caribe anglófono. Una civilización puede englobar varios Estados nacionales —como es el caso de las civilizaciones occidentales, hispanoamericanas y árabes—, o solamente uno, como es el caso de la civilización japonesa. Es evidente que las civilizaciones se funden, se solapan y pueden incluir subcivilizaciones. Las civilizaciones occidentales tienen dos grandes variantes, la europea y la norteamericana; y el Islam comprende las subdivisiones árabe, turca y malaya [el autor hace aquí notable olvido de los pueblos persas y negros que también profesan el Islam].

»Sin embargo, todas las civilizaciones son entidades plenas de sentido y reales, aunque raramente sean nítidas las líneas que separan unas de otras. Las civilizaciones son dinámicas; se encumbran y caen; se separan y se mezclan. Y, como bien sabe cualquier estudiante de historia, desaparecen y quedan sepultadas en las arenas del tiempo.

»Los occidentales tienden a considerar a los Estados nacionales como los principales actores en los asuntos mundiales; y así ha sido, ciertamente, mas sólo durante unos pocos siglos. Las conquistas más admirables de la historia humana fueron fruto de la historia de las civilizaciones. En su Estudio de la Historia, Arnold Toynbee llegó a identificar a veintiuna civilizaciones importantes; de ellas, sólo seis existen en el mundo contemporáneo».

[HUNGTINGTON, Samuel Phillips: ¿Choque de civilizaciones?, Madrid: Editorial Tecnos, 2002, pp. 19; 20 y 21]

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